América Latina parece estar entrando en un nuevo momento político. Tras más de dos décadas marcadas por la llamada “marea rosa” y por ciclos alternados entre gobiernos progresistas y conservadores, diversos indicadores sugieren que la región podría experimentar un giro sostenido hacia la derecha. Este cambio no responde únicamente a dinámicas ideológicas tradicionales, sino a transformaciones económicas, sociales y de seguridad que han redefinido las prioridades de los votantes.
En el pasado, la proyección internacional de América Latina estuvo dominada por líderes de izquierda que buscaban influir más allá de sus fronteras. Hoy, en cambio, algunas de las figuras más visibles del continente provienen del espectro conservador. Presidentes como Javier Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador han logrado construir una presencia global que trasciende el peso económico de sus países. Sus estilos de liderazgo —enfocados en la reducción del tamaño del Estado, el control del gasto público y políticas de seguridad agresivas— han captado la atención de sectores políticos y económicos fuera de la región.
El contexto que explica este giro es complejo. La principal preocupación de la ciudadanía en gran parte de América Latina es el aumento de la criminalidad. El crecimiento de las economías ilegales, especialmente el narcotráfico, ha fortalecido a redes criminales con capacidad de influir en la política y la economía. La región concentra una proporción desproporcionadamente alta de homicidios a nivel mundial, y la expansión de las rutas de drogas ha convertido a varios países en escenarios de disputas violentas por el control territorial. Este deterioro en la seguridad ha favorecido el ascenso de candidatos que prometen políticas más duras, incluso a costa de restricciones a libertades civiles.
La economía también ha sido un factor decisivo. Entre 2014 y 2023, América Latina registró un crecimiento económico promedio cercano al 1 % anual, uno de los más bajos entre las economías emergentes. La frustración por la falta de oportunidades, el aumento del costo de vida y la debilidad fiscal ha generado un clima favorable a reformas orientadas al mercado. En Argentina, por ejemplo, la reducción de la inflación tras políticas de ajuste y liberalización ha sido interpretada por algunos sectores como una señal de que los enfoques más ortodoxos podrían recuperar credibilidad. Este tipo de resultados ha sido observado con interés por inversionistas y gobiernos conservadores de otras regiones.
Sin embargo, el avance de la derecha no implica una desaparición de la izquierda. En países como Brasil, Colombia o México, los gobiernos progresistas siguen siendo relevantes y mantienen bases electorales importantes. La desigualdad estructural, una de las más altas del mundo, continúa siendo un tema central del debate público y garantiza que las propuestas redistributivas sigan teniendo apoyo. En muchos casos, el voto parece responder más a la evaluación del desempeño gubernamental que a una identificación ideológica rígida.
Además, la relación entre la derecha y la democracia se ha transformado. Durante décadas, los sectores conservadores estuvieron asociados a regímenes autoritarios del siglo XX. Hoy, aunque persisten preocupaciones sobre el respeto a las instituciones, la percepción pública ha cambiado. El desgaste de gobiernos de izquierda en crisis profundas, como los de Venezuela o Nicaragua, ha alterado el mapa de legitimidad política. Al mismo tiempo, encuestas regionales muestran una creciente disposición de los ciudadanos a aceptar medidas excepcionales si estas prometen mejorar la seguridad o la estabilidad económica.
En el plano internacional, este posible giro conservador podría redefinir las alianzas estratégicas. Algunos gobiernos de la región buscan fortalecer vínculos con Estados Unidos en temas como seguridad, migración e inversión, mientras adoptan una postura más cautelosa frente a la creciente presencia de China. No obstante, la región sigue siendo heterogénea y muchos países intentan mantener una estrategia pragmática de equilibrio entre ambas potencias. Las decisiones en materia de comercio, infraestructura y tecnología dependerán tanto de presiones externas como de necesidades internas de desarrollo.
El panorama político latinoamericano se caracteriza por ciclos. La región ha pasado por periodos de autoritarismo, democratización, reformas de mercado y expansión del gasto social. El actual momento podría representar otro punto de inflexión. Si el giro hacia la derecha se consolida, es probable que veamos políticas más orientadas a la inversión privada, una mayor prioridad en seguridad pública y una retórica política centrada en el orden y la estabilidad macroeconómica. Sin embargo, las profundas desigualdades y la fragilidad institucional de muchos países limitarán la capacidad de cualquier proyecto político para generar cambios duraderos sin consenso social.
Desde una perspectiva de desarrollo, el actual giro hacia la derecha en América Latina refleja más un voto de frustración que un consenso sobre el rumbo económico y social de la región. El hartazgo ciudadano frente a la inseguridad, el estancamiento productivo y la corrupción ha abierto espacio a propuestas de “orden” y ajuste fiscal, pero estas no necesariamente abordan los problemas estructurales que han frenado el desarrollo latinoamericano: baja productividad, desigualdad persistente, sistemas educativos débiles y Estados con limitada capacidad institucional.
Existe el riesgo de que, en nombre de la estabilidad macroeconómica o la seguridad, se adopten políticas que profundicen brechas sociales o debiliten instituciones democráticas. América Latina necesita crecimiento, inversión y disciplina fiscal, pero también requiere políticas públicas que reduzcan la desigualdad y fortalezcan el capital humano. Un modelo de desarrollo sostenible no puede construirse únicamente sobre la austeridad o la mano dura. El desafío para la región será evitar que el péndulo político derive en soluciones simplistas y, en su lugar, construir estrategias de desarrollo inclusivas, con evidencia empírica, instituciones fuertes y visión de largo plazo.
